Hoy vengo más rebelde de lo normal, y más quejica. La
culpa la tienen todos menos yo, o sea, un montón de cosas que hacemos las
personas, yo la primera y para las que no encuentro una explicación lógica.
Algunas, además, son francamente irritantes.
El otro día me voy de compras,
que estoy desnuda y tengo que ir renovando vestuario, total que me compro
varias prendas y entre ellas una camisa de una tela finita, un poco cara, pero
ideal para verano y con un corte estupendo, un divinor.
Cuando llego a casa y yo creo que
esto lo hacemos much@s, me vuelvo a probar todo y venga a remirarme por delante y por
detrás. La camisa monísima pero al moverme, noto como algo que me rasca. Más
que rascarme es que se me clava...
Decido quitármela y ver si es que
se han dejado olvidada una alarma de esas largas que les ponen a las prendas
para que no se las lleven las adolescentes metidas en el bolso, pero no. Lo que
tiene una camisa de una tela tan fina que casi parece tejida por una araña, es
un manojo de etiquetas de no te menees. Algunas largas y una con algo cuadrado
y duro que debe ser la que rasca. Y digo yo: demasiada información y demasiado
despilfarro, con la que está cayendo. ¿Qué carajo tienen que poner en unas
etiquetas que nadie lee para que necesiten seis?
Cuánto echo de menos aquellas camisetas simplonas con una sola, suave y pequeña etiqueta en el cuello en la que aparece una plancha dibujada y la miserable talla...
Total que armada con las tijeras
corto el manojo en cuestión, pero como a mí las manualidades se me dan fatal,
dejo un reborde como de un centímetro que me araña mas que antes. En fin que
tijeras en mano, apuro un poco más y acabo abriéndole un boquete a la camisa
por culpa de las tiritas en cuestión, primer desastre, una camisa nueva y por
culpa de las etiquetas de marras ya no tiene cara ni ojos, que diría mi suegra.

Cuando llego al estante milagroso
sólo quedan cuatro y todos de la talla XS. Para quitarme la desilusión me pongo
a leer las instrucciones de la caja, así si me convence, pues me voy a otro
sitio y me lo compro.
Resulta que para que te haga
efecto, tienes que llevar el short puesto ocho horas en contacto con la piel y
recomiendan combinar el uso con dieta, ejercicio físico y tus cremas reductoras
habituales. Ya de entrada me hago dos preguntas:
1 - ¿Para que narices fabrican un
short reductor de la talla XS? A no ser que una persona esté enferma, no creo
que usando una talla XS se plantee reducir nada que no sea el largo de sus
pantalones vaqueros para enseñar casi el parrús.
2 - ¿Dónde está el chollo? Vamos
a ver, cuando uno va a comprarse algo así, lo que quiere es un milagro, punto.
Si tengo que hacer todo lo que hacía (o
no hacía) antes y encima tengo que
llevar puesta una faja ocho horas con el calor que hace, chic@ no me compensa,
prefiero gastarme el dinero otra cosa...Si ya lo decía mi abuela, que en ningún
sitio atan los perros con longanizas...
De todas formas, de fiascos
consumistas podría escribir un libro, no olvidemos que la cosa de
los timos viene de antiguo: cuando eres adolescente ya empiezan a engañarte sin
remordimientos dándote remedios en la Nuevo Vale para quitarte los granos, o
que te crezcan las tetas, o se te ponga el pelo con rayos de sol, o lo que sea
(todos mentira, claro).

Pero, aparte de que te engañen, hay otras pequeñas e
irritantes cosas en nuestro día a día, por ejemplo:
Estás hablando con alguien y de
repente estornuda, saca un pañuelo y se suena la nariz, hasta ahí bien. Pero
resulta que el sujeto en cuestión, mientras te sigue hablando, abre el pañuelo
y se pone a observar lo que hay dentro. Vamos a ver. Son mocos. De diferentes
texturas, colores y formas, pero mocos. No son berberechos, ni cristalitos de
colores ni gominolas, y por mucho que los mires, no van a dejar de ser lo que
son. No quiero ponerme muy escatológica pero hay quien antes de guardarse el
pañuelo lo dobla y lo frota con disimulo, para que aquello quede bien
sellado...Esos son los que luego vienen a tu casa con sus dedos sobadores de
mocos y te los pasan por la estantería a ver si has limpiado el polvo...
Y luego esa manía que tenemos los
seres humanos de atribuirnos conocimientos de profesiones que no hemos
estudiado. Es matemático, hay gente que sin haber hecho la carrera es médic@,
abogad@, notari@ o lo que se tercie, el caso es que siempre saben lo que hay
que hacer, la enfermedad que tienes y su correspondiente tratamiento o a donde
tienes que ir a solucionar tal o cual cosa, a veces aciertan, pero otras te
meten la pata hasta el corvejón.
Luego están esos vecinos que te ven buscar las llaves para abrir el portal y, en vez de acercarse a abrirte la puerta, esprintan hasta el ascensor cerrándote la puerta en las narices y dejándote abajo. O los listillos de turno, presidentes de la comunidad vocacionales todos ellos, que por más que sacas de tu buzón las cartas que reciben los peruanos que aunque el padrón diga lo contrario, ya no viven en tu casa, para que se las lleve el cartero; se empeñan, en un gesto de buena voluntad que nadie les ha pedido, en volver a metértelas en el buzón una y otra vez, hasta que, a la tercera y ya desesperada, haces una bola con la p... carta y te la subes para tirarla a la basura.
En fin, quejas aparte, ya tenemos
aquí el verano y es época de playa, sol y alegría, mientras recopilo material
reciente para escribir sobre ello, podéis recordar los post del años pasado a
ese respecto pinchando aquí, aquí y aquí.
¡Feliz verano!