miércoles, 10 de octubre de 2012

Si Cary Grant levantara la cabeza

Ya tenía yo ganas de dedicar una entrada en este observatorio, templo de la actualidad a pie de calle, a la moda masculina que se está perpetrando últimamente y que, la verdad, me tiene desconcertada como mínimo.
Yo siempre he sido partidaria de la metrosexualidad bien entendida, esto es, siempre me ha parecido tremendamente injusta la esclavitud estética a la que nos han sometido y a la que nos hemos sometido voluntariamente las mujeres: que si tienes que estar depilada, que si el pelo teñido, cortado y moldeado al ultimo grito, que si la ropa actualizada con las ultimas tendencias, un sin vivir.
 
Más injusta todavía me parecía la osadía de muchos hombres, que sin ser ellos iconos de la belleza y el glamour masculinos precisamente, se han permitido el lujo toda la vida de criticar y exigir abiertamente a la mujer que se mantuviera perfecta dentro de los cánones belleciles. Qué churri que se precie no ha pasado alguna vez la mano por la espinilla de su mujer y le ha comentado en tono cariñoso, eso sí:
    A ver si te depilas cariño, que ya pinchas
O qué novio o amigo de confianza no ha pellizcado “cariñosamente” la cintura de alguna mujer de su entorno y le ha dicho en tono de broma:
    Uy ¿qué es esto que tenemos aquí? Las cervecitas, je je.
Mientras, el susodicho luce con orgullo barriga cervecera o unas lorzas que ríete tú de la panceta ahumada de la charcutería de la esquina, eso sin contar que cuando levanta el brazo tiene bajo el sobaco la selva negra o el amazonas, según.
Vamos señores, vamos, no tengan vergüenza en admitirlo, si no me parece mal que una persona tenga que cuidarse sea hombre o mujer. Que un señor se eche sus cremas, se cuide en el gimnasio o siga la moda no me parece mal en absoluto ¡ya era hora! Lo que me tiene preocupada de un tiempo a esta parte es el cariz que está tomando el tema de la moda masculina.
 
Lo que primero despertó mi alarma fue la visión de un tipo caminando delante de mí con los pantalones a mitad del culo. En el rato que le tuve en mi campo visual se me agolparon las preguntas:
¿Para qué se pone un cinturón, de adorno? Una inutilidad si llevas los pantalones caídos a medio culo ¿Llevará una plasta de verdad en la bolsa de pantalón que se le forma? El olor no llegaba hasta mí, tengo que decirlo, pero nunca se sabe, que ahí cabían muchas cosas: la cartera, la bolsa de plástico del supermercao, el móvil, el bote de gomina, que sé yo...
 
¿Si sigue andando se le acabarán cayendo hasta los tobillos y tendré que ver esos calzoncillos de abuelo en su totalidad? Porque esa es otra, chiquillo, si vas a enseñar los gayumbos más de la mitad, ponte unos en condiciones, modernos, bonitos, no te pongas los abanderado blancos de tu abuelo y encima tres tallas más grandes que se te quedan hechos un reguño en la cintura... Por lo menos estaban limpios, blancos, eso sí.
 
Después de dos tropiezos similares con jóvenes luciendo semejante look, me llegó el shock total: los tíos con escote.
Pero no hablamos del escote de un jersey de punto de cuello en pico, no. Estos también me horripilan, pero son tolerables. Los escotes de los que yo hablo, llegan prácticamente hasta el ombligo. Bien sea en pico o en forma de media luna, los escotes masculinos se ensanchan sobre unos pectorales tan trabajados que a veces los que los llevan tienen más tetas que yo. Semejante atentado al buen gusto suele ir acompañado de un moreno de rayos UVA, cuando no auténticos chorretones de autobronceador y cantidades industriales de gomina y aceite corporal.
Y digo yo, ¿es preciso ponerse como un mamarracho para ir a la moda? Con la camiseta pegada y escotada, los pantalones cagaos, el pelo pringoso de gomina, un collar de colmillos de elefante y unos pendientes como ruedas de camión, está visto que a los hombres modernos de hoy nadie les enseñó eso de que menos es más.
 
Y creo que la culpa de todo esto lo tiene la televisión, para variar. Yo que soy bastante ecléctica en mis gustos televisivos, he visionado algunos programas de los que sospecho que pueden salir ciertas modas, para comprobar si se trataba de un hecho aislado o estamos ante algo que, al igual que Ángela Merkel, ha llegado a España para quedarse e invadirnos ¡horror! Me pongo a ver uno de los programas del que, según me cuentan mis fuentes, sale esa moda que padecemos y que se llama “Mujeres y hombres y viceversa”.
 
Después de quedarme de piedra con los exponentes de la belleza masculina y femenina y oírles hablar, eso fue casi lo peor, sale un tío llorando con mucho sentimiento diciendo que él es más que un cuerpo y que nadie le entiende, entonces aparece para consolarle el tal Rafa Mora, ídolo de escotados y cagados de pro y salido del mismo programa y que le anima describiéndole el universo de tías abiertas de piernas y miles de euros al que va a tener acceso sólo con levantarse la camiseta y enseñar “la tableta” en una discoteca. Con el mozo ya más repuesto del disgusto, el tal Mora se dirige a la cámara y se pone a filosofar:
"La gente piensa lo que dice, yo digo lo que pienso, es uno de mis secretos" y ya embalao  y entre risas: "¡Cuánto daño he hecho a esta juventud!”
 
Y a los hombres, Rafa y a las mujeres... ¡Si Cary Grant levantara la cabeza!
 

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